Cosas de la Providencia (o el azar)

Seis años después de su muerte y tras pasar la noche en vela, Roma y el mundo entero vieron como a las 10.40 del Primero de mayo se descubría entre casi diez minutos de aplausos el tapiz que mantenía oculta la imagen del recién proclamado beato Juan Pablo II. Era un acontecimiento para no perderse.

Casi al mismo tiempo, cosas de la Providencia -o el azar para los no creyentes-, comenzó a correr entre periodistas y peregrinos la muerte del cardenal Agustín García-Gasco. En ese momento, Valencia se unió más fuertemente que nunca, ya lo estaba desde su visita tras las inundaciones en los 80, al pontífice polaco. En Twitter, como siempre, saltó la alarma que se confirmó poco después. Una alarma como las estridentes que forman la banda sonora de Roma y que la recorren las 24 horas del día abriéndose paso entre el infernal tráfico, habitual por otra parte.

El día de la elevación a los altares del Papa Magno, le acompañó el que hasta hace poco había sido arzobispo de Valencia. “Dios tiene para cada uno los días señalados y parece como un regalo para D. Agustín el que le haya llamado aquí en Roma, junto al sucesor de Pedro, el mismo día en que Juan Pablo II era proclamado beato”, acertó a decir el sucesor de García-Gasco al frente de la diócesis de Valencia, Carlos Osoro, minutos después de finalizar la celebración y acudir a toda prisa a la residencia en la que se alojaba el purpurado fallecido siempre que uno u otro asunto le traía a Roma.

Cosas de la Providencia -o el azar-, la imagen del cardenal García-Gasco llegando el sábado por la noche a la vigilia del Circo Massimo de Roma, que servía de preparación para la beatificación, se ha convertido, sin quererlo, en la imagen de lo vivido por  muchos durante aquellos días en la capital de Italia. Al menos fue así para los centenares de valencianos a quienes la noticia sumió en un batiburrillo de sentimientos: el gozo de tan gran día mutó en milésimas de segundo en consternación primero, en tristeza después y en gratitud por una vida de servicio finalmente.

Morir en Roma, en la sede del sucesor de Pedro, el domingo de la octava de Pascua, el día de la beatificación de Juan Pablo II es, ciertamente como expresó el arzobispo Osoro, un “regalo” y “un reconocimiento a su fe y a la adhesión a la Iglesia que manifestó durante toda su vida” el cardenal.

Roma es especialista en acoger. Se ha tenido que acostumbrar a la fuerza. Por los miles y miles de turistas que la visitan cada año -cientos de valencianos gracias a los enlaces de las compañías de bajo coste- y por las mareas humanas que la invaden cada cierto tiempo en citas como la del 1 de mayo. El lema “Damose da fa’, semo romani” (manos a la obra, somos romanos en el dialecto de la capital) colgado de las farolas invitaba a la ciudad a dar la talla.

Tras la vigilia de preparación del Circo Massimo, conectada vía satélite con cinco santuarios dedicados a la Virgen, la ciudad se mantuvo despierta a la espera del “grande” momento. Media docena de iglesias del centro histórico acogieron durante toda la noche a centenares de miles de peregrinos que no pegaron ojo, quien sabe si por miedo a perderse el momento en el que JPII se convertía en el décimo papa en alcanzar el grado previo a la santidad, el primero en mil años proclamado por su inmediato sucesor. A las tres de la madrugada, por las calles del centro fluía un río de gente más propio de una tarde de sábado en campaña de rebajas.

Entre las iniciativas que rodearon la beatificación de JPII destaca una exposición cuyo nombre deja bien claro su objetivo: “Juan Pablo II – Un homenaje de Benedicto XVI en ocasión de la beatificación”. La muestra, instalada bajo el braccio di Carlo Magno (de frente a la basílica el brazo de columnas de la izquierda) repasaba la vida de Karol Wojtyla y su magisterio. Un recorrido desde su infancia y juventud en su ciudad natal, Wadowice; sus años en Cracovia, además de su vida de sacerdote, obispo, cardenal y, por último, Papa.

En el repaso de sus últimos años, golpeaban especialmente al visitante las imágenes de la marea humana que asistió en Roma a su funeral y que volvía para responder a su llamada. Precisamente algunas de sus últimas palabras -”yo os he buscado y vosotros habéis venido a mí”- llenaban las paredes de la ciudad y las marquesinas de los autobuses.

Lejos de los circuitos turísticos que suelen incluir las peregrinaciones, existe en Roma, en un callejón de la comercial via del Corso, un lugar que fue noticia esos días: el pub del Papa. Se trata de un bar dedicado a Juan Pablo II, que ofreció cerveza checa bendecida por el propio obispo de la capital de la República Checa. El bar funciona además como centro social donde los chicos y chicas estudian, comparten y se divierten. Así que era el lugar ideal en el que “prepararse” para la elevación a los altares de un pontífice que puso a los jóvenes del mundo entre sus prioridades impulsando las Jornadas Mundiales de la Juventud.

Sin embargo, por poner alguna pega, según el taxista, de vuelta al aeropuerto, Juan Pablo II, no obró el milagro que sí se produjo en el año 2000, también el Primero de mayo. En aquella ocasión el concierto que organizan sindicatos de izquierdas en la fiesta de los trabajadores, una cita importantísima en el año romano, se trasladó lejos de la ciudad, al coincidir con las celebraciones del Jubileo. Esta vez, el concierto se celebró con normalidad cerca de San Juan de Letrán, la catedral de Roma. Puede que la Providencia -o el azar- quisiera que nadie, alejado o próximo a la Iglesia se perdiera la cita.

En el avión en cambio, de regreso a casa, sí se obró el último milagro. En las compañías de low cost, donde no solo hay estrecheces en el precio, viajar sin compañía y poder estirar las piernas para echar una cabezada después de unos días agotadores es, aun a riesgo de parecer insociable, una bendición. Cosas de la Providencia -o el azar-.

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