sentido de estado

Entonces sí se puede.

El acuerdo para reformar la Constitución alcanzado por los dos grandes partidos, que tanto ha molestado a nacionalistas y sindicatos, ha dejado con el paso de los días una sensación agridulce. Por un lado, a pesar de los modos y la tardanza, debe ser motivo de alegría que las formaciones que representan, nadie lo olvide, al 80 por ciento del electorado orillen por un día las diferencias para ponerse de acuerdo, aunque sea en algo de sentido común.

Por otro, una amarga sensación de engaño. La sensación de que sí se puede reformar la Constitución, por ejemplo, para abordar la reforma que exige el Senado o la tan comentada cuestión sucesoria antes de que la princesa Letizia de a luz un niño y se tenga que hacer deprisa y corriendo; y de que el acuerdo, por lo menos en grandes cuestiones, es posible.

Sólo es necesario “dejar de lado la resignación o la frustración y actuar con responsabilidad, rigor, altura de miras, sentido de Estado buscar, con espíritu constructivo, más lo que nos une que lo que nos diferencia, y con una decidida voluntad de seguir construyendo todos juntos un futuro estable y próspero”. Son palabras del príncipe Felipe en el 25 aniversario del periódico Expansión y es lo menos que se puede exigir a quienes dicen representar a los españoles.

Si no escuchan la voz de la calle es deseable que, por lo menos, escuchen la voz del futuro jefe del Estado.

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