un pilotari centenario, que no se pierde un día de toros

En las calles de Museros siguen en pie las barreras que cierran las calles los días que, por San Vicente Ferrer, hay festejos taurinos. Este pueblo de la comarca de l’Horta Nord tiene gran tradición taurina y los ‘bous al carrer’ son protagonistas en muchas de sus fiestas. Los morlacos atraen a jóvenes y adultos… y a Alberto Alcover, gran aficionado que, a sus cien años recién cumplidos, sigue las carreras de los más valientes delante de los astados en primera fila o en casa de algún hijo o nieto. Un siglo de vida no ha podido con una de sus pasiones.

El tío Alberto acoge a PARAULA en un pequeño y modesto salón acompañado por su hija Concha, Amparo, una vecina amiga de la familia, y el párroco Antonio Ros. A un lado de un mueble bajo se acomodan frascos y cajas de medicamentos junto a varias fotografías en blanco y negro -de esas de los antiguos estudios fotográficos-. Son el testimonio gráfico inmovilizado sobre papel del siglo que contempla a este hombre que, a pesar de las dificultades propias de la edad, se levanta para tender la mano con firmeza a quien entra en su casa.

Una figura en metal fundido de un recortador esquivando a un toro destaca por su brillo en este aparador de los recuerdos. El tío Alberto, confiesa, “no se ha perdido ni un día de toros”. Aprovecha para recordar que de joven recorrió sin descanso las poblaciones de la zona siguiendo las programaciones de estos festejos tan populares en toda la geografía valenciana. Aún hoy, con sus 100 años y apoyado en su bastón, disfruta en primera fila de las carreras de los jóvenes delante de los astados.

El pasado mes de febrero, la comunidad parroquial de la Asunción de Nuestra Señora se sumó con una misa de acción de gracias al homenaje que la corporación municipal y todos los vecinos de Museros tributaron a don Alberto al cumplir 100 años. El tío Alberto, visiblemente emocionado, estuvo arropado en todo momento por sus hijos, nietos y biznietos. “Se portaron todos muy bien en el ayuntamiento y en la iglesia, salió todo muy bien”, recuerda todavía conmovido por el aprecio mostrado por sus vecinos. Don Alberto, acomodado en su mesa camilla juguetea con la mano con un paquete de pañuelos mientras relata cómo disfruta de la compañía de sus 7 nietos (5 chicas y 2 chicos) y de sus 3 biznietos y dos biznietas.

Fortaleza fraguada en el campo
Un pueblo de Museros muy distinto al actual vio nacer a Alberto Alcover en 1912. Aquel año el hundimiento de un enorme trasatlántico de lujo sacudió el mundo. El Titanic fue una de las referencias que contenía el tributo fotográfico preparado por los nietos para el homenaje. También el párroco referenció el lujoso barco en su homilía de la misa. La fortaleza física de este hombre fraguada en el campo le ha llevado a ser más fuerte que aquel crucero que algunos creían insumergible. ¿Secreto? “La dieta mediterránea y hervido por la noche”, asegura convencida su hija Concha. Y puede que la herencia genética. “Mi abuela vivió hasta los 99 años”, cuenta el tío Alberto. Concha y sus hermanos, Alberto y Antonio, se turnan para cuidar de su padre por las tardes y por las noches. De día está al cargo de una empleada, aunque no deja de recibir visitas de vecinos y amigos.

Pero de quedarse en casa ni hablar. Cuando puede se “escapa” al campo, donde ha trabajo toda su vida, lo que le vale alguna que otra reprimenda de los hijos. Si las piernas no le fallan se acerca al casino del pueblo a tomar un café o una infusión y charlar con unos y con otros. Y de modo más excepcional y si el tiempo acompaña, un almuerzo campestre en los alrededores del pueblo.

Un siglo de vida, con una guerra civil que al estallar rompió por completo su juventud y de la que no quiere oír ni hablar, da para muchos recuerdos. Uno, el de su esposa Concha, que falleció hace 17 años. Se casaron en el pueblo de buena mañana en septiembre -“en Massamagrell se casaban los ricos y por la noche”, precisa- poco antes de la fiesta de San Miguel.

Para la luna de miel rechazaron el regalo de la familia para la que trabajaba Concha. “Nos ofrecieron un viaje a Barcelona, pero preferimos pasar unos días en San Miguel de Llíria”. El otro, las partidas de ‘pilota’ en las calles en las que, a diferencia de la actualidad, solo muy de vez en cuando un carro podía interrumpir por un momento la partida. “Era el pilotari preferido del pueblo”, asegura orgulloso. “Los profesionales que luego se hicieron un nombre, como ‘el Xato’, ‘Ruiz’ o ‘Ferreret’ eran más jóvenes y jugaban en los trinquetes”, apunta riendo.

El tío Alberto es memoria e historia viva de Museros. Trató con el padre del actual párroco, al que éste apenas pudo conocer, ya que murió cuando tenía dos años. Además, tal y como apunta el sacerdote, “solo él podría dar detalles” del antiguo retablo de la iglesia, quemado en la guerra y del que no se conservan imágenes. Memoria y humildad para reconocer que no hay secretos, que ha llegado a los 100 años “perquè Nostre Senyor ha volgut”.

Publicado en el 1186 de PARAULA, con fecha 29 de abril de 2012

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