el cardenal

Esta mañana, en los minutos previos a la que iba ser la última audiencia general del papa Benedicto XVI aguardaban en la plaza de San Pedro cientos de miles de personas. Laicos, turistas, sacerdotes, religiosos, profesores, seminaristas, hombres y mujeres de negocios, familias y estudiantes se han acercado al Vaticano para despedir al pontífice que se retira a los ojos del mundo.

Y cardenales. Muchos. Más jóvenes. Más ancianos. Purpurados entre los cuales, quien sabe, está el que en unas semanas recibirá el encargo del Espíritu Santo, por medio del resto del colegio cardenalicio, de guiar la nave de Pedro. En la retransmisión televisiva se han visto conversaciones, más animadas, más solemnes; rostros serios, sonrientes, meditativos, orantes.

¿Qué estaría pasando por la cabeza de quien en pocos días cambiará su nombre y el rojo por el blanco para convertirse en cabeza de una Iglesia con más de mil millones de creyentes en todo el mundo? Sólo él y Dios lo saben.

Seguro que el próximo papa ha seguido esta mañana las palabras de Benedicto XVI y el principal mensaje que se puede extraer de su renuncia, de su catequesis de hoy y de todo su pontificado: “la barca de la Iglesia no es mía, ni vuestra, es de Dios”.

 

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